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El
modelo teórico
Los
afectos, los impulsos, el inconsciente, los
mecanismos de defensa etc. son sólo alguno
de los muchos conceptos teóricos y clínicos
que el psicoanálisis ha desarrollado desde
hace más de cien años y que hacen referencia
a distintos componentes del psiquismo, que
aunque en su mayoría están en germen en el
nacimiento del ser humano, su evolución y
destino va depender de múltiples factores,
unos constitucionales y otros ambientales,
y
que el individuo en su andadura por los
caminos de la vida se va a encontrar,
principalmente la familia y la cultura.
El ser humano nace en un
estado absoluto de vulnerabilidad y
dependencia. Es el ser vivo que más tiempo y
más cuidados afectivos y materiales necesita
de su entorno para poder sobrevivir,
desarrollarse y alcanzar la maduración
necesaria para lograr la independencia, de
ahí que su encuentro con el mundo y con las
diversas circunstancias que ocurran en los
primeros años de la vida sean de suma
importancia, pues sobre ellas va a labrarse
buena parte de la personalidad del futuro
adulto.
La ansiedad o angustia es
una señal de alarma, en principio, normal
que debe existir en el psiquismo de todo
individuo y que se enciende para avisarnos
de los peligros reales o imaginarios,
provenientes, bien del propio mundo interno,
bien del mundo exterior. La ansiedad avisa,
alerta y debe poner en funcionamiento los
mecanismos de defensa adecuados para
tramitarla y resolverla, sin embargo, el
bebé humano al principio es incapaz de hacer
todo esto por sí mismo aunque disponga ya de
ciertos recursos como es la llamada “coraza
antiestímulos” que le permite por ej.
aislarse del entorno y dormir casi todo el
día. Es por esta razón que durante un largo
período de tiempo, son los padres o
cuidadores los que deben contener sus
ansiedades y protegerle, tanto de estímulos
excesivos del mundo exterior, como
proporcionarle los estímulos afectivos que
necesita para sentirse vivo y amado.
Es función fundamental de
los padres, ejercer la capacidad de
contención de las enormes cantidades de
angustia y ansiedades que se generan en el
bebé en esta época para procesarlas y poder
devolvérselas después transformadas en
cuidados afectivos y materiales ya sea en
forma de alimento, limpieza, caricias,
abrazos, arrullos, palabras cariñosas,
consuelo, canciones, silencios etc. en suma,
devolverle al bebé la calma y seguridad que
tan a menudo pierde ayudándole a
reestablecer su precario equilibrio y sus
ritmos vitales.
No obstante, es
completamente normal, e incluso necesario,
que en el vínculo con los padres ocurran
ciertos desencuentros, dificultades, malos
entendidos, carencias etc. Todo ello produce
pequeños traumatismos, heridas, pero que si
cicatrizan bien, sirven para fortalecer sus
defensas y lo preparan para la vida
ayudándole a distinguir, de poco a poco, los
límites propios y los de la realidad. Todas
estas vicisitudes, positivas y negativas, se
van fijando, grabando en su memoria
consciente e inconsciente y le irán
permitiendo aprender de la experiencia.
Cuando los traumatismos y
las heridas, son muy tempranas, muy
frecuentes o muy intensas, en cambio, la
frágil coraza antiestímulos con la que nace
el bebé puede quedar atravesada y dañada o
incluso arrasada. Las heridas psíquicas,
entonces, ya no cicatrizan bien y se produce
un dolor incesante, una especie de
hemorragia interna que puede llegar a dejar
sin energía psíquica al bebé y que se
manifiesta como un peligroso estado de
apatía, inapetencia, de desvitalización. Por
otra parte, los intentos de salida del bebé
de ese estado se pueden manifestar como
estados de irritabilidad extrema, crisis de
llanto inconsolable, voracidad e insomnio.
En síntesis, dependiendo
de la intensidad, de la frecuencia y de los
distintos momentos evolutivos en que se
hayan producido las heridas, resultarán los
distintos tipos de patologías, desde las más
leves a las más graves. No obstante, a no
ser que lo traumático sea de tal calibre que
haga sucumbir al individuo (ej muerte súbita
en el bebé, autismo, anorexia infantil,
desorganización somática grave etc.) el
instinto de autoconservación prevalece, y
ser humano suele sobrevivir con sus
cicatrices o secuelas a casi todos los
avatares
Cuando las cosas han ido
relativamente bien, el ser humano logra
alcanzar una posición en el mundo que le
hace sentirse “alguien”, es el llamado
“sentimiento de sí”, el sujeto se siente
protagonista de su existencia y percibe que
su vida tiene sentido. Esto no quiere decir,
desde luego, que lograda esa posición ya
está todo hecho. El ser humano siempre está
en conflicto consigo mismo y con la realidad
desde que nace hasta que muere. El “yo” del
sujeto humano tiene que estar haciendo
siempre constantes transacciones entre sus
impulsos y deseos por una parte, la realidad
y sus límites por otra, y una compleja
instancia a la que llamamos “superyó” o
“instancia paterna” que se rige por
imperativos categóricos, y que está formada
por los ideales y valores heredados de los
padres, desde donde se desarrolla el respeto
a la ley, el sentido del deber y la
capacidad de autocrítica. |